Más del 50% del pescado que se consume en el mundo proviene de este sector. Mostradores vacíos y colas interminables: así sería adquirirlo si esta actividad no existiera.
Hace unas semanas, los clientes de la Pescadería Oñate, en el Mercado de la Paz de Madrid, se encontraron con un panorama inquietante: apenas unas piezas de pescado, raciones mínimas y mucha frustración. No era un error logístico, sino un experimento organizado por la Asociación Empresarial de Acuicultura de España (APROMAR), dentro del proyecto Acuicultura de España, para mostrar lo que pasaría si dependiéramos solo de la pesca extractiva. Y no iría nada bien.
En la actualidad, más del 50% del pescado que se consume en el mundo proviene de la acuicultura, según la FAO; sin esta actividad, cubrir la demanda global sería imposible.
En España, la acuicultura no es residual: produce más de 266.000 toneladas al año, con un valor en primera venta de 750 millones de euros, de acuerdo con datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. También es el país europeo con el mayor porcentaje de ciudadanos que compran pescado al menos una vez por semana: 54%, frente al 23 % de la media europea.
Un mundo sin acuicultura significaria un restaurante con platos fuera de carta, precios disparados y clientes insatisfechos. Productos tan cotidianos como la dorada, la trucha o el mejillón desaparecerían de la mayoría de cartas si las granjas marinas y fluviales dejarán de funcionar. Y la presión sobre los ecosistemas marinos aumentaría hasta niveles insostenibles.
Mucho más que pescado: sostenibilidad y empleo
En la Unión Europea, España lidera la acuicultura y lo hace con un fuerte componente sostenible. El 98% de la producción nacional cuenta con certificación ambiental y el 87% de las empresas han instalado energía solar en sus instalaciones, según revela el último informe de APROMAR. A nivel de emisiones, especies como la lubina o la trucha arcoíris generadas en acuicultura emiten entre 4 y 5,5 kg de CO₂ equivalente por kilo de producto, muy por debajo de la carne de vacuno o cerdo.
Para la hostelería, esta sostenibilidad es un argumento de venta: poder ofrecer a los clientes un pescado saludable, de calidad y con bajo impacto ambiental refuerza la imagen de cualquier restaurante. Además, garantiza la regularidad de suministro. Sin acuicultura, el acceso a pescado fresco quedaría a merced de temporadas, cupos y capturas salvajes imprevisibles.
A esta altura, queda claro que el impacto no es solo ambiental. Cada kilo de pescado que llega a un restaurante moviliza a una cadena de valor que va desde los productores hasta el transporte y la comercialización, hablamos de miles y miles de puestos de trabajo.
En cuanto a innovación, el sector ha avanzado desde el desarrollo de piensos más sostenibles que reducen el uso de pescado salvaje hasta guías específicas de bienestar animal y proyectos de economía circular, como refleja la segunda Memoria de Sostenibilidad de Acuicultura de España (2025). Estas iniciativas aseguran un producto estable, de calidad constante y adaptado a las necesidades de la restauración.
Entonces, ¿es posible vivir en un mundo sin acuicultura? Con los datos en la mano, la respuesta es un rotundo no: de ella depende que los clientes encuentren pescado en la carta y que el sector hostelero pueda garantizar calidad, regularidad y sostenibilidad en cada plato.





