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Y yo que me había quedado en Luis Alfredo…

por | Dic 11, 2025

Entre recuerdos de telenovelas venezolanas y la sorpresa de descubrir un concepto gastronómico tan auténtico como innovador, La Cachapera de la calle Barquillo 34 demuestra que la cocina también puede ser un acto de libertad, gestión inteligente y mucho sabor a maíz.

No lo puedo negar. Nací en los 80 y eso implica haber crecido con Cristal y Luis Alfredo como teloneros de mi infancia. Las tardes de verano eran un desfile de lágrimas, celos, besos imposibles y mujeres con hombreras que sabían mirar a cámara como nadie. Venezuela me quedaba lejos, pero ya entonces tenía algo que me fascinaba: ese exceso emocional, ese “no pasa nada si te ríes o si lloras con la misma intensidad”.

Y luego llegó Boris Izaguirre, ese marciano adorable que nos enseñó que el mundo podía ser distinto, más libre, más divertido. Quizá sin saberlo, Boris fue mi segunda conexión con Venezuela: una manera de entender la vida sin miedo al color ni al desparpajo.

Así que cuando escuché hablar de La Cachapera, supe que tenía que ir. El nombre ya me sonaba a melodrama gourmet. Pero lo que encontré en la calle Barquillo 34 fue algo mucho más redondo: una experiencia sensorial, cultural y humana que me reconcilió con la cocina como acto de alegría.

Primero el desconcierto, luego el flechazo

Confieso mi ignorancia: no tenía ni idea de lo que era una cachapa. Pensaba en tortas, en harinas, en esa palabra que da hambre pero también un poco de miedo cuando eres intolerante al gluten. Sin embargo, cuando David Díaz Rojas, fundador del grupo La Cachapera, me explicó con calma que su base es 100% maíz fresco, sin harinas industrializadas, respiré. Y comí. Y entendí que detrás de ese sabor dulce y reconfortante hay mucho más que una receta: hay historia, herencia y cariño de abuela. Verdadera cocina venezolana.

Porque sí, todo empezó con la memoria sensorial de David, con esas cachapas que su abuela preparaba en Venezuela. De esas raíces nació un proyecto que hoy suma casi seis locales entre Madrid, Valencia y Barcelona, y que ha sabido mantener la esencia mientras crece con cabeza y corazón.

El primer bocado fue revelador. Los Cachinachos (una especie de nachos reinventados a la venezolana, con maíz, queso y guasacaca) son pura diversión. Luego vino la arepa Fantasía Paragüipoa, ganadora de la Ruta de la Arepa 2025 en la categoría Tradición, y ahí supe que algo estaba cambiando: España, y especialmente Madrid, está abrazando la gastronomía venezolana con una pasión que recuerda a las telenovelas de antaño —pero con final feliz y sin villanos.

El talento venezolano que conquista Madrid

Y no es casualidad. La cocina venezolana vive su momento de oro en España. En los últimos años, el número de venezolanos residentes en el país se ha multiplicado por diez, según reflejaba Telecinco en su reportaje “El Madrid más chévere”. Tanto, que hay quien ya se refiere al barrio de Salamanca como Little Caracas, un guiño a esa energía caribeña que ha encontrado en Madrid su segunda casa.

Detrás de este auge hay talento, esfuerzo y mucho oficio. Chefs como Rafa Bergamo (al frente de Santerra), Gerardo Bracho, José Zapata o Gabriel Suárez —referentes del panorama culinario madrileño y directores de operaciones de distintos grupos de restauración— están dejando claro que Venezuela no solo tiene sabor, también tiene método, innovación y capacidad de gestión.

Todos comparten un mismo espíritu: el de quienes han sabido reconstruir su historia lejos de casa, mezclando la técnica aprendida aquí con la memoria gustativa de allá. Lo suyo no es solo cocina, es resiliencia con sazón. Y La Cachapera es una de las expresiones más luminosas de ese movimiento: una empresa que honra sus raíces, se profesionaliza y crece sin renunciar al acento.

El sabor tiene método: la gestión detrás del alma

Pero La Cachapera no se sostiene solo en el sabor. Lo que realmente la hace diferente es su manera de gestionar.

David Díaz Rojas, que antes de ponerse el delantal fue auditor de calidad y medioambiente en el sector industrial, ha trasladado su visión de la mejora continua a la restauración. Y eso se nota desde la cocina hasta el móvil del equipo. Su filosofía es clara: “Las personas primero, el sistema después”.

Cada restaurante tiene una media de 20 empleados, con turnos equilibrados para evitar el agotamiento que tantos locales dan por inevitable. “Que no se quemen”, dice David con una convicción que no necesita PowerPoint. Y no se queman: la rotación del personal es de las más bajas del sector.

Han desarrollado incluso su propia aplicación interna —una especie de guía viva— donde los empleados pueden acceder a formación, manuales, retos y un chat para compartir incidencias o ideas. Todo transparente, inmediato y bidireccional. “Los que se van, cuando ven lo que hay fuera, luego me piden volver”, me confesó sonriendo.

Ese enfoque, entre ingeniero y anfitrión, le ha valido a La Cachapera formar parte del Top100 Horeca Sapiens 2025, que aún puedes descargarte gratuitamente, reconocido en la categoría de Comunicación y Marketing, por convertir un producto tradicional en una marca con alma y comunidad.

Mucho más que arepas: comunidad, propósito y diversión

Hay algo casi subversivo en cómo La Cachapera ha construido su público. No gestionan clientes: gestionan una comunidad de 190.000 seguidores que participan, opinan, comparten y celebran. No hay frialdad de CRM, hay conversación.

Su presencia en eventos como el Día Mundial de la Arepa, sus foodtrucks, las campañas solidarias como Dona Una Arepa —que combate la desnutrición infantil en Venezuela— y la colaboración con movimientos por la diversidad, muestran un negocio que entiende el impacto social como parte de su identidad, no como eslogan.

Y además, han sabido diversificarse: La Cachapera es restaurante, catering, experiencia para empresas y productora de una línea de quinta gama artesanal, que ya prepara su salto a grandes superficies. Todo, sin perder el alma. Porque lo que David y su equipo han conseguido es lo que muchos persiguen y pocos logran: ser rentables sin dejar de ser humanos.

Cuando visité La Cachapera Barquillo, David y Nelson —del equipo de marketing del grupo— me recibieron con un abrazo “chévere”. De esos que derriban fronteras y te hacen sentir que la restauración, cuando se hace con alma, es mucho más que un negocio: es una forma de conectar.

Al salir, pensé en Luis Alfredo y Cristal. En cómo la pasión, cuando es genuina, se nota. Y comprendí que La Cachapera no es solo un restaurante: es una telenovela de sabor bien contada, con final feliz.

Luis Alfredo y Cristal, protagonistas de la mítica telenovela que paralizó España en los 80.
Elena Carrascosa
Elena Carrascosa

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