¿Por qué vamos al bar o al restaurante? 

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Núria Nicolau | Barcelona

Después de los últimos acontecimientos sociales que hemos vivido, nos hemos dado cuenta de por qué vemos gente en la barra de un bar o comiendo en un restaurante. Y por qué hemos echado de menos el poder ir con la misma asiduidad en la que lo hacíamos antes.

Dicen los sociólogos y antropólogos que vamos al bar o al restaurante a qué nos escuchen, a contarle al camarero lo que nos pasa o como nos sentimos, entre otras muchas cosas, mientras saboreamos una humeante taza de café o un sencillo bocadillo.  Pero es algo más, buscamos la complicidad de nuestro camarero, pues le contamos cada día como nos va la vida, después de que él amablemente nos pregunta: ¡Hola buenos días! ¿Lo de siempre? y ¿Cómo vamos hoy?

Esa sería la rutina del día a día de muchas personas. No hablamos de si el bocadillo o el café esta mejor o peor, hablamos del trato, de la escucha y de la atención del camarero, esa figura que siempre se menosprecia, pero que és la que nos hace olvidar que tenemos un mal día.

Por eso son importantes los buenos profesionales, que saben cómo tratar a su cliente y hacer que tengas un feliz día. Porque a veces sólo necesitamos que nos escuchen y nos traten con cariño.   

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El camarero forma parte de los momentos especiales de nuestra vida. Por ejemplo, si recordamos el bautizo de nuestro hijo, lo bien que nos lo hizo pasar. En la celebración del 50 cumpleaños cuando se ofreció a hacernos la foto de familia y nos trajo una silla especial porque vio que la necesitábamos. O en el cierre de ese contrato importante con una gran empresa, que nos hizo quedar bien con su buen hacer. 

Hace poco viví una experiencia inolvidable, vaya que me quede con la boca abierta y eso a mí me cuesta bastante, pues siempre veo que me podrían haber dado más. 

Fuí con mi marido a un restaurante que me había recomendado un amigo. Cuando llegamos ví que era un lugar un poco anticuado, pero pensé: “entra a ver”. El lugar era pequeño, pero enseguida me sentí muy bien acogida, he de decir que me gusta ir a primera hora, así veo parte de la mise en place y ahí ya me hago una idea de lo que me espera.

El dueño era todo un personaje. Igual desgranaba fabes, que te traía la carta y te explicaba lo que tenía ese día fuera de carta. Después de pasar un rato increíble con los entrantes y primeros, llego uno de mis platos favoritos: KoKoxtchas de merluza al pil pil. Pues cuál fue mi sorpresa que me sirven el plato sin la salsa y me dice él: “no toque el plato que quema. Ahora aparecerá la salsa”, dijo al ver mi cara. Y ahí estaba la salsa, como por arte de magia delante de mí y en la mesa. Cogió el plato le tiro un chorrito de agua fría y lo fue moviendo hasta que se formó la salsa. Me quede con la boca abierta y gratamente sorprendida pues no lo había visto nunca, ni en el País Vasco. Ni que decir tiene que estaban de escándalo.

Miren que poco cuesta hacer que tu cliente viva una experiencia diferente y hacer que se vaya con alegría de tu restaurante. Hay que pensar un poco y salir de nuestra zona de confort y atrevernos con cosas nuevas y sencillas.

Por ello los lideres o gestores de estos lugares tan especiales, para nosotros el cliente, deben invertir no solo en tecnología y buenos productos, sino en formación para los equipos que trabajan en ella, Para que volvamos a tener un servicio de excelencia, que es lo que se merece nuestro cliente.

¡Os invito a experimentar y hacer feliz a tu cliente! 

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