Nos vemos en el pozo de una taza, bajo el cielo del bar de abajo

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Federica Marzioni | Antropóloga

Cada vez que vuelvo a casa me ocurre un fenómeno quijotesco. Se me desajustan los flujos del tiempo al cambiar de espacio, y deseo encontrar el pasado en el presente. Será cosa de antropólogos, quizás. Algo así decía Lévi-Strauss refiriéndose a su trabajo, voy de memoria también en esto.

Cada regreso empieza en el bar de mi barrio, una cuña de la periferia romana meridional. Pocas reformas y pocos cambios en la oferta desde la indiscutida popularidad adquirida en los noventa por una vanguardista manera de hacer bar dentro y fuera del local.

En los veranos de aquella afortunada década los propietarios solían organizar excursiones dominicales en autocar y, de paso, se garantizaban afianzar clientela y la venta cautiva de bocadillos y bebidas. Citábamos en la plaza a las 10.00 A.M y, de repente, el bar era la calle, o la calle era el bar. Un conjunto topográfico, social y económicamente representado por un borboteo ininterrumpido de clientes en tránsito bullicioso, que teñía la plaza de colores (individuos con gorras variopintas) y olores (todo me sabía a café y a frittata).

Por aquel entonces yo era demasiado pequeña para apuntarme al carro y mi madre poco sociable, así que todo lo que yo pueda recordar sigue siendo lo esencial, lo que acontecía bajo el cielo del bar viajero. La excursión ya no importaba, era tan sólo un pretexto que provocaba que el Bar se expandiese en un alegre vaivén.

Sigue regentado por la misma persona, que ahora luce una nostálgica alianza, anda escaso de pelo y ha aprendido a hacer dibujos en la crema del café, en los cuales se reflejan chicas con sueños, sueños de chicas.

A pesar de las restricciones actuales en la hostelería italiana, lo sabemos, ciertas periferias tienen su propio equilibrio y generan sus propias respuestas a lo que el poder central prescribe. El centro, para bien y para mal, les queda siempre demasiado lejos. Se adaptan a ello como aquel que se acostumbra a un zapato incómodo. Notas molestias en el dedo gordo, pero lo llevas sin que se note en el caminar, qué remedio si te gusta aparentar seguridad.

No puedes tomar ese café, disfrutando del trajín de la barra, pero si puedes aún pedirte tu expresso. Esto no nos lo quita el decreto ministerial, de momento.

Pero veamos esta exégesis de la comanda del café. Permítanme una primera disgresión espacial, una provocación :

Daniela: un café con espuma de leche en taza. Como amar dos personas a la vez.
Armando: café en taza pequeña, apenas manchado con leche caliente. No le llaméis cortado.
Cesare: un descafeinado. En taza. Se está quitando pero no sabe si está rehabilitado.
Abbie: un café largo. Se lo pasamos porque es americana y de repente se catapulta en un amanecer de Vermont.
Sara: un capuchino, con mucho cacao en polvo. Para quien busca una descarga para las papilas gustativas con efecto-sonrisa.
Alessandro: café al vidrio (en vaso) y sin azúcar. Sin traiciones.
Leila: café ristretto en taza, con media azucarilla. Y la otra mitad para el segundo café. Dos ristrettos nunca suman un café normal.
La cuñada: cortado en vaso, con leche fría y azúcar moreno. ¿Qué te esperas?

El barista Enzo abre los brazos y pide clemencia: “Amigos míos, todo es para llevar…Esto de vaso, taza grande, taza pequeña, lo sabéis, que más me gustaría a mí, pero va a ser el mismo vaso desechable para todo el mundo. Así, el take away se hace en igualdad de condiciones…”. Y se ríe.

En este caso, lo nuclear es el enunciado por medio del cual se pide un café. Y se sabe, un café siempre es una excusa para algo más. Da igual ya que finalmente nos lo bebamos en un vaso de papel que es el mismo para todos: la cosa importante es la demanda diversificada, que recoge la declaración de intenciones que contiene esta secuencia con valor comunicativo, sentido completo y entonación propia.

Reiteramos la misma forma en la que lo veníamos haciendo o, nos autorizamos a un capricho si un día nos apetece chocolate caliente en el cappuchino, porque así nos reafirmamos, nos afirmamos o nos damos a conocer según nuestra elección y, especialmente según el grado de meticulosidad que dedicamos a esta petición, con una demora intencional. El tamaño importa y mucho, así sea taza o vaso, porcelana, cerámica, o cristal.

Con tanto debate en torno a la “problematica del envase” mi vuelta a casa me hace reflexionar sobre cómo susodicha cuestión nos afecta identitariamente. Más que a otros, me atrevo a decir. Nos afecta al punto que el contenido y el continente son una metonimia y tienen la misma importancia. Y el continente, a su vez, solo se puede dar en un bar para que todo tenga sentido. Es precisamente esto, lo que reclamamos cuando no renunciamos a pedirlo como si se pudiera, ajenos al contexto, explicitando hasta en qué continente queremos nuestro café, a pesar de que, hoy por hoy, todo nos confirma que no va a ser posible, que vivimos en una clara política de estandarización, y la respuesta viene a ser uniformidad, sentencia, absolutismo. Aun así, seguimos con nuestra pequeña reivindicación identitaria en un cortocircuito amnésico de pocos segundos, como actores de aquella película de David Lynch, en la que la chupa de cuero es en realidad el personaje protagonista y Nicolas Cage un patán.

Vayamos a una segunda digresión de los planos espaciales:

De repente, se reproduce el mismo devenir hacia la plaza que recuerda aquellos domingos de verano de hace muchos años. El itinerario marcado es el de siempre, el que conozco y conocemos todos. Las gorras festivaleras dejan paso a las mascarillas de colores, el aroma del café se expande y el rato en compañía dura hasta el último sorbo en un democrático vaso de usar y tirar. Como en virtud de una suerte de “memoria espacial colectiva”, este tránsito ratifica, hoy, que aquel Bar se ha apoderado de un trozo de calle y aquel trozo de suelo vial pertenece identitariamente al Bar, tornándose realmente espacio público. La historia rezumante, pesa más que los pecados; se esfuman los límites preestablecidos, se evaporan las medidas de control, el canto preventivo no lo conocen esos gorriones y la “frontera” se desplaza, zigzagueante, sinuosa, lábil, reptilínea, escabrosa e insurgente. Aunque ocurra por una circunstancia forzada, aunque lo sepamos forzosamente los que de nuevo nos encontramos cazando iguales, bajo el cielo del Bar de abajo.

* Sergio Gil. cit. en “La última constante en tiempos cambiantes”. Ed. Trea, (2021).

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