La Comunidad, el bar y el antropólogo perplejo: Una etnografía literaria

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Corría el mes de marzo, la primera semana del bajo invierno de un 2017 transitivo, camino de la ciudad de Morella. El puerto de montaña de Torre Miró continuaba nevado por aquello de no defraudar a los camioneros. 

Disponíame yo a prospectar el terreno de lo que después se ha convertido en mi refugio antinuclear, mi bunker cotidiano, una masada preventiva al COVID y al Gobierno, que no es poco, cuando una cabra de cruce sin señalizar, me hizo girar hacia la izquierda, directo al Castellón profundo, provincia de Teruel, comunidad autónoma de Cataluña (por esos caprichos disidentes de la política, que tiene la geografía). Todo recto fiándome de la comarcal llegué a una estufa de hierro colado, que por tonta calentaba la tasca. Ahí empezó una historia etnográfica de esas que tienen que ir lentas a la fuerza, quizás por aquello de que el mundo nos fuerza a ir demasiado rápido.

El traficante de trufas, una prostituta, el ovejero, un camarero que actuaba como si de un casting para “Sin Perdón” se tratase (la película de Eastwood), sumaban cuatro en el teatro de operaciones. Eran una unidad comunitaria, el bar un continente perdido y un servidor, cual antropólogo perplejo en escucha activa, enganchado a la trama, ahora os comparte aquellas notas de campo, hoy coleccionadas en el cajón del recuerdo, esperando su momento.

          -Lugar-

  •  Norte de la provincia de Castellón.

         -Actores-

  • Skinny Dubois (el propietario del Bar)
  • Atanasi (el trufero)
  • Strawberry Alice (la señora puta)
  • Lo menut (el ovejero)
  • Bartolo Ratón Rebanas (el antropólogo)

        -Notas de campo-

“Son las 11.30 A.M, martes 7 de marzo. Pido una cerveza y pongo el culo junto a la estufa, hace rasca ahí fuera. Elijo la mesa junto a la pared, debajo de la tele que emite el matinal de Canal 9 en valenciano. La barra es pequeña, no tiene más de tres metros de largo y también resulta estrecha, sin bancos y sin apoyadura de pie.

 La habitan y la practican cuatro personas.El camarero, por dentro, les mantiene la frontalidad. Es un tipo menudo, calvo, con gafas, de unos 55 años, alto y delgado. Con ojos vivos que destacan sobre otros sesgos del rostro, la barba de tres días cubre parcialmente una pupa en la boquera. 

Los clientes, que suman tres (dos tipuchos y una mujerona), conversan sobre un bar de otro pueblo, en formación ligeramente triangular; ella pivota en el centro dando juego a ambos con las pestañas. Hablan de un bar mitológico en Cinctorres. Lo hacen con entusiasmo. Se piden tres vinos que Skinny sirve en vasos de caña, dejando la botella en la barra, parece que no bebe de día. La historia que cuentan está compartida por el sector masculino, ella dudo que los escuchase.

Comentaban que, recién al morir Franco, el propietario de cierta bodega-hostal, a la que se referían, inició una campaña política de corte ácrata. Consistía en mítines matutinos mientras se afeitaba tras la barra delante de los parroquianos, que fieles a la cita le jaleaban, en una suerte de ceremonia pagana y revolucionaria. El señor bodeguero rondaría los 70 años y llevaba (según él) aguantando 40 años la dictadura. 

Con el cambio de régimen se desató, creando furor en la región, por lo afilados que eran sus argumentos. Se ve que, los sábados coincidían en la performance los jóvenes que volvían de fiesta y los paisanos que salían a cazar o al tajo del campo/granja. Sobre las 6 de la mañana abría la puerta y encendía la cafetera; tenía un set de afeitado junto a los brandys, en el botellero del trasbarra, que consistía en un espejo con apoyo, maquinilla de cuchillas desechables, la brocha de mango de madera y crines de caballo, crema, un masaje alcohólico y la colonia Barón Dandy. Por aquellos tiempos, a la pica, que se escondía bajo el grifo de cerveza, no llegaba el agua caliente, por lo que Frasquet (pongamos que ese era el nombre de nuestro atribulado anfitrión) no tenía más remedio que calentar el agua para enjabonar la brocha, con el vapor del agua que el serpentín de la cafetera le proporcionaba, calentando una jarra inoxidable de litro. Sí, la de calentar la leche para los cortados.

El espectáculo valía una visita, Frasquet incluso escribió una carta a la O.N.U reclamando más democracia y 40 años después seguía siendo homenajeado en otro bar que seguro se sentía un poco heredero, un mucho resistencia”

Acabé la birra, volví a la carretera, escribí en el cuaderno de bitácora y ahora lo comparto con intención. Me pregunto si  Frasquet estaría contento con los pueblos medio vacíos, los bares restringidos, la democracia tan madura, tan resuelta en la defensa de las libertades… Me habría gustado conocer a ese elemento, una cédula autónoma del Maestrazgo, de jeta rasurada.

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