¿Hostelería sin espectáculo? Salvemos las salas de conciertos

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Vuelvo de vacaciones muy triste. Aunque la industria nunca ha estado satisfecha con sus cifras de crecimiento a pesar de llevar un lustro por encima del 5 por ciento anual. Ahora los temores son fundados. Con un verano en el que apenas se alcanza el 85% respecto al año pasado en los mejores casos, la situación es muy distinta.

Hemos leído que se prevé el cierre de entre 65.000 y 85.000 negocios de hostelería en 2020. Y no hablemos de 2021. Algunos aguantarán este año, pero siendo realistas, las cifras del próximo año tampoco serán mucho mejores y los cierres no dejarán de producirse, según algunos compañeros del sector, hasta 2022.

La situación del sector es mala, muy mala. Y esto hace tambalearse a la economía española por las razones que ya mencioné años ha. Pero no quiero centrarme hoy en las causas de la crisis económica o las consecuencias devastadoras sobre la industria en general, me gustaría centrarme en uno de los eslabones más frágiles y en el que más tristeza me produce imaginar su cierre.

Los que me conocen saben que la música es mi gran pasión y la unión de la industria del espectáculo y la hostelería es tan profunda y firme que tanto los músicos, técnicos, productores, etc. como el público en general veneran los templos que acogen esos espectáculos. Medianos y grandes espacios para espectáculos nacionales e internacionales como Galileo Galilei (Madrid), Apolo (Barcelona), Industrial Copera (Granada), Wah Wah (Valencia), Los Clásicos (Toledo) y también locales pequeños, íntimos, en los que la música suele arrancar como Tulsa (Valencia), La Lata de Bombillas (Zaragoza) o Libertad 8 (Madrid). Todos estos templos, que en gran medida viven de la connivencia entre artistas (músicos, actores, poetas…) y público, están en peligro. Algunos de ellos como Galileo Galilei han cancelado todos sus espectáculos hasta el 16 de octubre, otros como Libertad 8 o La Fídula directamente han cerrado sus puertas.

Todos estos locales hosteleros están ubicados en grandes ciudades, en las más importantes del país, donde la oferta de ocio y cultura suele ser amplia. Pero la gran pregunta ya no es qué va a ser de ese tipo de negocio hostelero en las pequeñas localidades, sino qué va a ser de municipios más pequeños en los que estos locales, empujados por apasionados por la música y la cultura, llevan años ofreciendo una programación fantástica. Se me vienen a la cabeza por ejemplo El Reino en Cabezón de la Sal (Cantabria), La Ruina Mundo Raro en Cervera de Pisuerga (Palencia) o el Dolby en Alfaro (La Rioja). Pero son cientos de espacios que mueven la cultura en numerosas localidades. Negocios que aportan un valor más allá del puramente pecuniario y cuya sostenibilidad, lo sabemos, es frágil.

Por eso, disociar la actividad de estos locales (la programación de espectáculos) del riesgo de contagio, igual que se ha hecho con la restauración o el turismo en general, debería ser un tema importante en la agenda de los representantes de la(s) industria(s) afectada(s) para las próximas semanas. Es una reclamación que podría en primer lugar evitar la anulación de los espectáculos, evitar el cierre de los locales, ayudar a desestacionalizar el turismo interior y en general, a la sostenibilidad y el fortalecimiento del sector.

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