El trabajo que nos ocupa: Inestabilidad y desencanto

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Acuñado por primera vez en 2002 por el sociólogo estadounidense Corey Keyes, el concepto de languidez, se ha impuesto como la “emoción dominante del 2021”. Así lo sentencia una columna del New York Times.

Por languidez comprendemos aquella condición que se refiere a ese gran plano indistinto que se coloca justo en el medio entre los picos de entusiasmo y concentración y los abismos del malestar.

Según Keyes, ya había quienes padecían este problema hace unas décadas. De hecho, en una investigación que realizó en 3.032 adultos, de entre 25 y 74 años, hasta el 12,1% tenía síntomas asociados con la languidez. Se trataba de personas que no presentaban ningún malestar psíquico específico, pero que, a pesar de la ausencia de trastornos, seguían sin estar bien.Tranquilas por lo tanto, si os han llamado alguna vez “insatisfechas, con mal carácter, indecisas”, o “pesadas, sosegadas, pasivas”, encontraréis vuestro sitio en una reconfortante estadística.

 Si trasladamos el dato al mercado laboral actual, razonando sobre el aumento exponencial de los casos de languidez, prácticamente un tercio de las personas con las cuales trabajamos, lleva una vida profesional de “silenciosa desesperación” (expresión que usa Henry David Thoreau estudiando ciertos desafíos de la existencia). Puede ser un compañero de turno, nuestra jefa directa, un comercial que nos visite o una cliente.

Etiqueta a los que se quejan de tener dificultad para concentrarse, a los que no logran emocionarse, a tu pareja que se queda hasta altas horas de la noche viendo por enésima vez una película que se sabe de memoria…

No se trata bien bien de depresión, respetemos el término para contextos apropiados, si no de ausencia de bienestar. Es como mirar la propia vida a través de un parabrisas empañado, incapaces de enfocar bien la dirección y los elementos aledaños. A veces es suficiente esperar a que el cristal se esclarezca. Pero, en un sistema que maximiza la perseverancia no siempre es opción viable.

Aún así, una solución podría ser parar con las cosas que en teoría “deberíamos amar”, pero que (a estas alturas y a escondidas) se tornan insoportables. De ahí una encrucijada con la cual todas apechugamos ¿Cómo sería económicamente viable para la mayoría dejar de trabajar? (realmente, ¿es este el punto? ¿Dejar de trabajar para formar pandillas de vagos? Y a la vez, ¿es globalmente e individualmente sostenible una cierta manera de trabajar?).

Para explicar el reajuste de fuerzas que gobierna el mercado laboral global, se habla de Gran Resignación, la gran renuncia que está involucrando trabajos y vidas familiares, redes sociales y estilo de vida urbano (pero sobre esto me reservo el derecho a matizar la reflexión en otro texto). La gente simplemente reconsidera sus carreras, sus condiciones laborales, su situación emocional, sus metas a largo plazo. Y tira los remos en el barco, con la intención de ir en busca de diferentes y mejores equilibrios.

¿Qué ha pasado y qué está pasando y dónde está el mapa de ruta en carretera?

Seguramente, a nivel colectivo -como sociedad- con mayor o menor consciencia, se está valorando el coste de oportunidad. Algo que parecía pertenecer a los más perspicaces economistas y negociantes se ha popularizado. Fijaros en la recurrencia de las expresiones “salir a cuenta”o “me compensa”. Como vampira de conversaciones ajenas en bares -cual oyente silenciosa como parte del oficio de gastropóloga- recopilo en mis notas de campo la frecuencia creciente de estas locuciones y la gestualidad que la acompaña: levantar la cejas, ladear el cuello, meterse los labios para dentro que no es lo mismo que comerse los labios.

Cualquier elección que se haga (por ejemplo, ir a trabajar de camarera en un restaurante) siempre y en cualquier caso también implica un coste, correspondiente al valor (o beneficio) que se podría lograr haciendo una elección alternativa (por ejemplo, ir a comer a un restaurante). Por lo tanto, si elegir algo siempre coincide con renunciar a otra cosa, abandonar ese algo puede coincidir con conseguir otra cosa, que también podría ser de mayor valor.

 El tiempo se convierte en recurso. Constantemente he razonado en un plano cartesiano, donde los ejes son el espacio y tiempo. El tiempo ahora se desplaza dentro del propio plano, cual recurso, beneficio altamente cotizado y fatalmente conectado con el cambio. Voy a más, el optimum seria tirar la toalla y tirarse a la piscina. No es una disyuntiva, es una secuencia. 

Volviendo al filosofo naturalista, Thoreau, hace doscientos años, vio las semillas de la libertad real en tal “autosuficiencia” entendida como optimización del buen vivir. Se va migrando hacia la geografía de nuestro deseo, que entra prepotentemente en la ecuación del mercado laboral.

La Gran Resignación ojalá sea una renuncia y una emancipación de un cierto modelo de producción. Ese modelo, por supuesto, está lejos de ser arrasado, pero ha sido rociado con un acelerador y quizás pierda fuelle. 

Ahora bien, en la gran oleada rumbo a la deseada piscina, como formadores, consultores, investigadores que proporcionan datos, tenemos un papel muy delicado: la responsabilidad de secundar la libertad y actuar sobre el coste de oportunidad.

Está en nuestro haber, saber interpretar las variables de la rentabilidad de un proyecto, que permite la optimización del buen vivir, ayudando a transformar creativamente sin entusiasmos fáciles, sin infantilización del emprendimiento empresarial. Identificando correctamente la geografía del deseo, podemos medir, debemos recalcar la necesidad de tomar el justo tiempo para ello sin subsidiar parálisis.

Medidas de hoy que seguro evitarían gran número de insatisfacciones, que de aquí a 10 años, me obliguen a escribir sobre las estadísticas de El Gran Fracaso.

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