THE MENU. El lado oscuro de la cocina

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En su serie ‘No seconds’ el fotógrafo Henry Hargreaves recrea las últimas comidas de los condenados a muerte ejecutados en Texas. La tradición de la “Última Comida” en el corredor de la muerte, inspirada en la Última Cena cristiana, ofrecía a los reos el escaso consuelo de formular su ultima elección antes de la ejecución*.

En los documentos gráficos de las cenas que Hargreaves retrata se pueden encontrar las expresiones más íntimas de lo que viene siendo el último deseo del condenado, su extremo asomo de libertad en forma de ágape. Desde la cola de langosta de Ronnie Lee Gardner hasta la bandeja vacía de Ángel Nieves Díaz y la tarta de nueces de Ray Rector que se comió parcialmente porque “quería guardarla para más tarde”.

¿Acaso las últimas comidas nos dicen algo más sobre los que están a punto de morir?

“The Menu”, la película del director Mark Mylod recién estrenada en los cines, da la vuelta a esta pregunta: el menú de los sentenciados ya está decidido en cada detalle, así como el destino de los comensales, privados de su libre albedrío, de cualquier voluntad, aislados del mundo exterior cuales presos sin posibilidad de salvación, a la espera de un castigo (o de una venganza caníbal, según se mire). Después de chef estrellados, chefs en crisis de identidad, chefs fracasados, chefs antiheroes, llega el momento del chef enloquecido, asesino, verdugo.

¿Qué más nos queda por ver?

Este largometraje suma otra pieza a la ya sobreabundante corriente del “cine culinario”, consolidada hasta tal punto que desemboca ahora en el género horror (no se emocionen, no hay splatter. Podríamos definirlo un horror auto-paródico, o una sátira feroz anti finedining).

El chef, es el demiurgo que explica cada plato. La brigada de cocineros (trabajadores neoalienados, cuya pasión y bríos son combustible para la explotación laboral) alternan el «¡sí, chef!» al “¡no, chef!” Y se convierten en un coro de la tragedia griega. En esta propuesta teatral el pase de los distintos platos reproduce los actos del drama. Y es bien sabido que las tragedias nunca acaban en un final feliz…ya se lo avisaba.

El surtido de clientes adinerados tiene en común la arrogancia de su estatus y la ilusión de ser tan competentes como el Maestro. Todos cuelgan de sus labios, galvanizados por ser los elegidos. “The Menu” pincha la burbuja gastronómica, donde la vacuidad de la estética formal y la espectacularización del plato convierten la comida en un bien de lujo, reservado a una elite. Todo parece más importante que el primigenio acto de comer.

El climax del delirio (los más sensibles y nostálgicos como yo vislumbrarían en él una suerte de lucha de clase) es el «plato de pan sin pan». El pan es para los campesinos, dice el chef, por lo que a estos privilegiados invitados no se les sirve ningún pan con sus aceites para mojar; una broma que sin embargo la mayoría de los comensales apoya.

El único alivio de todo esto es la voz solitaria de Margot, la outsider de la película, el único personaje cuerdo en esta locura colectiva, ajeno -por cuestión de clase, ahora sí, sin ambages- al circo de cierta alta cocina y toda su narrativa. Ella que fuma cigarrillos sin importarle los efectos nocivos en su paladar ni de aparentar ser una finolis sostenible, valientemente indiferente hacia el manjar y la “experiencia”. En un escenario donde incluso los críticos gastronómicos se han convertido en simples estafadores a cambio de prestigio, esta heroína ofrece la única salida posible: subvertir el sistema. Vuelve a poner el foco en el cliente, en el amor y en la función nutritiva del servicio. Las tragedias tienen un epilogo funesto pero siempre arrojan una luz indirecta sobre cómo las cosas podrían haber ido de otra manera.

Ella es la única capaz de hacer sonreír por unos instantes al chef, resecado por su obsesión por satisfacer a una clientela que nunca puede estar del todo satisfecha. Es capaz de escenificar la sensatez en los momentos finales de la película. Apela a lo que realmente reconforta a través de lo conocido, lo reconocible, lo que tiene sentido.

En una película que pretende ser suculenta en todo momento, lo único que finalmente hace agua la boca del espectador es una hamburguesa con queso (símbolo del confort food americano, que podría ser el equivalente de una alcachofa KM0, un puchero de la abuela o un bocata de chorizo). Palabra de cinéfila vegetariana.

Me reitero, ¿qué más nos queda por ver?

*El origen de esta práctica se remonta al año 1924. Texas abolió en el septiembre de 2011 la comida a demanda, después de que un preso, el supremacista blanco Lawrence Russell Brewer, ejecutado por un asesinato a un hombre negro, pidiera una copiosa cena y luego no se comiera nada, alegando que no tenía hambre. John Whitmire, senador de Texas acabó para siempre con la opción del menú a la carta

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