Así afectan las restricciones a la hostelería local: ¿Cuánto puede aguantar una empresa?

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Julia Menéndez | Madrid

Primero fueron los confinamientos selectivos y las restricciones por zonas más afectadas de la Comunidad de Madrid. Ahora, la puesta en marcha de nuevas restricciones en hostelería para frenar el coronavirus ha supuesto un verdadero mazazo para este sector, uno de los que más está sufriendo por la pandemia. Los empresarios y trabajadores del sector consideran que la supervivencia de sus negocios va a ser compleja si van a tener que renunciar al consumo en barra y, sobre todo, adelantar el cierre en pleno servicio de cenas.

Cataluña aprobó la semana pasada el cierre de bares y restaurantes durante 15 días, al igual que la limitación de aforo de comercio y zonas de ocio y cultura. Entonces, ¿qué medidas son las más sensatas?, ¿en qué creen ahora los hosteleros cuando unos tienen que echar el cierre y otros limitar aforo y horario?, ¿qué sacan ellos en claro de los distintos Gobiernos de distintas Comunidades Autónomas?

Hablamos con los hosteleros madrileños para que nos cuenten cómo se están viendo sus negocios afectados:

“La Covid-19 debe ser viciosa y muy nocturna”

La zona de Puente de Vallecas ha estado en boca de todos los madrileños por ser uno de los puntos que se confinaron desde un comienzo. En estas zonas, la mayoría ubicadas al sur y donde viven 858.193 madrileños, se comenzó a sancionar por incumplimiento de las restricciones con multas que oscilan entre los 600 y los 600.000 euros.

José Antonio lleva toda su vida trabajando en su restaurante, ofrecen pescado, marisco y carnes y una amplia gama de vinos y cervezas independientes. Casa Doli (Avenida de San Diego, 96 ) lleva más de 70 años ofreciendo grandes platos y buena comida tradicional española a toda la clientela que pasa por sus puertas.

Según nos cuenta José Antonio, actualmente en plantilla tiene cuatro personas trabajando y dos en ERTE. “Ellos tienen que comer y que vivir pero yo no puedo hacer mucho más”, cuenta preocupado.

En cuanto al delivery, están probando nuevas vías para implementarlo porque al trabajar ciertos productos, se complica mucho más este servicio. “Son platos que en plancha son más complicados llevar y estamos pensando en llevar guisos”, cuenta el empresario.

“Por la mañana hago 25 o 30 euros”, asegura José Antonio y se queja de que anteriormente, gracias al colegio que tienen enfrente, eran asiduos los niños que venían a desayunar pero ahora con el Covid-19 no se lo permiten los profesores. “Hacemos una facturación menor a la que se hacía antes de la pandemia: un 20 o 25% menos”, afirma.

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A pesar de sus esfuerzos por incrementar la seguridad desde que abrió sus puertas tras el estado de alarma, éstos no se ven recompensados por las nuevas restricciones que, según cuenta, son desmesuradas para toda la hostelería. “La Covid-19 debe ser vicioso y muy nocturno. No entiendo por qué por la mañana sí y por la noche no”, explica.

“El Gobierno debería darnos las pruebas para detectar el coronavirus a un precio razonable, no pueden ganar dinero de esto”, dice. “Además, si les quitas los bares y restaurantes a una persona que se quiere fumar un cigarro y una copa, se van a ir a los parques“.

José Antonio lo tiene claro. “Como empresario pensaría en el pueblo, lo que haría sería delegar en los profesionales que son los que realmente saben sobre esto. Si todos trabajamos en paralelo, podemos“.

Zona centro de Madrid, ¿más concurrido?

En el centro de Madrid aún podemos sentir el calor de las terrazas, el bullicio de la gente subiendo y bajando por las callejuelas de la zona de la Plaza Mayor. Las mascarillas están a la orden del día y seguimos mirándonos a los ojos sin saber qué va a pasar con todo esto. Sin embargo, a las 11 de lo noche todo esto deja de existir. Las conversaciones entre amigos se diluyen, las cenas, las tapas y los barriles de cerveza dejan de servir. Se escucha el sonido de los cierres que bajan con resignación.

Por la zona de La Latina hay un negocio de restauración que sigue luchando pese a las las nuevas y cambiantes restricciones. El Jaleito es un bar pequeño que está orientado a dar comidas pero también tiene mucha magia por la noche. En su caso, sólo se sirve de una sala con varias mesas y una barra que actualmente es inutilizable. Ana Taibo es la dueña del negocio, en sus inicios empezó como camarera pero siempre ha querido ser su propia jefa. Sin embargo, el confinamiento ha llegado en un momento donde su negocio acababa de empezar su andadura empresarial. “Cuando cerramos tuve que meter a dos personas a ERTE: la camarera y la cocinera”, comenta.

“Cuando pudimos abrir, quise hacerlo porque siempre vas a ganar algo más que estando cerrado“, cuenta Taibo y gracias a que sus caseros le perdonaron dos meses de alquiler dice que se siente algo más aliviada. Pero a día de hoy aún no ha podido recuperar a la plantilla al 100% y mantiene a la cocinera trabajando con media jornada.

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Ana considera que, al no tener terraza, abrir entre semana es complicado pero espera y confía que en los meses de invierno, su local pueda albergar a más gente por el frío. “Aunque las medidas por aforo afectan en un local más pequeño”.

Aún así, su negocio coge mucho peso una vez que se sirven las cenas en adelante y ahora el cierre obligatorio a las once ha sido todo un golpe bajo. “Las medidas son necesarias como el aforo porque la gente no puede estar pegada pero al horario no le encuentro ningún sentido“, afirma.

“Hemos estado al 50% de facturación y en los meses de verano en un 70%”, afirma la dueña de El Jaleito. Parecía que en verano se podría recuperar parte del dinero perdido en los meses de cierre pero ha sido complicado llevarlo a cabo por distintos factores que han sido demoledores para el sector de la hostelería.

La muerte de la restauración

Giordanka Yimitrova es la dueña del Restaurante La Casona, en Leganés. Levanta el teléfono y alguien pregunta por su negocio, quizá para hacer una reserva o para cualquier otro servicio pero lo único que puede decir es que ya no existe. Antes de echar el cierre por completo, servían comidas y cenas en un gran salón en la zona más céntrica de la ciudad madrileña de Leganés. El servicio a domicilio lo habían implantado en los últimos años pero no era suficiente para cargar con todos los gastos fijos.

Su caso ha sido mortal. Tras el confinamiento, volvieron a abrir sus puertas pero la afluencia de gente no se correspondía a la del año pasado. “Con seis personas al día no se puede“, cuenta la empresaria. Nos dice que ha dado de baja la empresa y que no cree que vuelva a abrir de nuevo. “No tenemos recursos económicos ahora para poder vivir desde que cerramos por completo en septiembre. Estamos aguantando en casa. No sabemos que vamos a hacer”, dice.

¿Cuánto más puede aguantar el sector de la restauración? ¿Están los políticos haciendo lo correcto?

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