Ciudades fantasma, bares espectrales: una antropología urbana de las ausencias

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Sergio Gil |Antropólogo militante, tabernero social, aprendiz gastronómico

Tal vez un Bar en espera forzada, se convierte automáticamente en el narrador omnisciente de la ciudad, un restaurante en pausa, es la voz en off que podría presentarnos a todos y cada uno de los habitantes de ese barrio al que presta servicio.

Digo yo, que Bares y Restaurantes, son mucho más que meros observatorios desde los cuales contemplar, y relatar las vidas de aquellos que aún gastan la calle, adicionando días a su vida social; en tanto en cuanto poseen la capacidad de ser un microcosmos en el cual se inscribe la historia misma de la metrópolis, que viene a ser no mucho más que la secuencia vital de sus gentes.

El Bar, ese hermano menor gastronómico, que parece el menos afortunado cuando lo comparamos desde el sector con el primogénito Horeca, que no es otro que el aclamado Restaurante. Late siempre al ritmo de ella, de la urbe, reproduciendo su tensión vital, su sonoro imaginario, repleto de coloraciones y caracteres caleidoscópicos. Tablero político esencial en tiempos crispados, se hace festejo o se torna cobijo. El bar nunca está fuera de lugar. Este relato unísono, del presente otoño urbano se titularía Ciudades fantasma, Bares espectrales.

He escuchado, a algunos respetados compañeros de disciplina, que en la investigación, el campo (el lugar desde el que los antropólogos diseñan sus relatos), debe quedar en un segundo plano y que lo importante es o debiera ser lo observado: los informantes, los individuos, los colectivos, que nos sugieren análisis y temáticas de estudio.

Distinguidos colegas, que equivocados estáis. En este caso es el marco el que hace al cuadro y el Bar hace la comunidad que representa; porque sabe de nosotros aquellos motivos que nos ocultamos y con qué método nos proyectamos, también sabe de negaciones del negativo o de la positivación que subyace en cualquier fotograma de nuestra película. ¿Será por qué está en eterna escucha? ¿será por qué ancorado en un espacio privilegiado, disfruta de todo el tiempo del mundo?

Es, creánmelo, porque poseen en concentración, el alma de sus clientes, no se sorprendan si mantengo que están dotados de consciencia, de vida y de movimientos propios; son relatores para los que sabemos escucharlos, que, del mismo modo que culturas ancestrales dialogaban con las montañas, los ríos, el cielo, la tierra o cualquier elemento que destacara del resto de su entorno, los bareteristas lo hacemos con nuestras tascas. Una suerte de animismo urbano, parido con la modernidad.

Vayamos al asunto: los bares se convierten en espectrales por evidente ausencia de gente. Este vacío propicia la salida de sombras nuestras, de espectros que se adueñan del Bar cuando se quedan solos. Son simulacros de vida que sortean la penumbra y el último rezume de esencias humanas que ahí transcurren, son el epílogo de la jornada, los concluyentes, los gastropólogos del cierre.

Los espectros devuelven un desolador sentido de la espera y la melancolía se espesa por la sobrecogedora atmósfera triste de un lugar vacío y vaciado de sentido. ¿Quién está detrás de la barra? Desde el vitral les vislumbras y casi acabas preguntándote si existe de verdad aquella pareja jugando a las cartas en la mesa de la esquina, como cada tarde.

Me recuerda al tabernero protagonista del poema de Emily Dickinson, “the Bustle in the House” por el afán que tenía de seguir ajetreado, predisponiendo todo para el futuro recibimiento aunque no haya trabajo y nadie a la vista. A través de las tareas se va despistando de la conciencia de una ausencia fatal.

Espectrales resultan bares y restaurantes también por la distorsión que el sistema produce entorno a ellos, estigmatizándolos como lugares de contagio, exceso, descontrol y charlatanería.

De agentes sociabilizadores pasan a ser agentes patógenos. La espectralidad a la cual me refiero recoge estas dos componentes y su ambigüedad:

  • Cuando se mutila la vida en el Bar se produce una “presencia espectral”, permítanme el oxímoron, invisible, intangible, pero a la vez percibida.
  • Cuando se le impone la obligación del cierre de nuestros espacios de relación, el “factor colectivo” se transfigura en peligroso y contaminante, amenazante, potencialmente conspiratorio. Desde el ángulo de la antropología, reflexiono sobre el “mito de la caverna” de Platón forjado en un momento de crisis irreversible de la polis griega cual base societaria. Cuenta el mito que algunos hombres se hallan condenados en un antro, con la sola certeza de las sombras proyectadas en las paredes, ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas. Quizás ni les interese. Es en base a lo único que conocen que toman decisiones y articulan su vida.

La conexión con la espectralidad de la cual les hablo va más allá de la imagen de la proyección fantasmagórica que relata “el Mito”. Platón devalúa la vida en la caverna en cuanto carente de conocimiento teorético. Pero es justamente en aquel antro que se reproduce la representación del mundo sensible: un mundo fundamentado en la experiencia, en el conocimiento práctico, adquirido por la observación de la naturaleza en la que todo es mutable, alejado del mundo de la contemplación inmóvil que se corresponde a la Moral absoluta que Platón hace coincidir con la plenitud. O esto quiere hacernos creer.

Les invito a detectar como aún en un mundo de sombras, el individuo es capaz de estructurar un saber vivir. El mismo Platón no puede negar que es la experiencia sensible que fundamente todo tipo de conocimiento posterior que cataloga como más elevado, complejo, de alguna manera civilizado.

Sigue así “el Mito”. Uno de los prisoneros logra salir a la luz, llegando a conocer la idea de “el Bien”.

La alegoría acaba cuando este vuelve sobre sus pasos, pretendiendo “liberar” a sus antiguos compañeros de cadenas a través del orden de una moral que resulta incomprensible a los otros. Y estos a carcajadas, se ríen de él. Una risata vi seppellirà escribía Miguel Bakunin (una sonrisa os sepultará).

Lectura recomendada: Sobre entropías, presencias y barras vacías

La moral que pretende imponerse, como una nueva normalidad, necesita arrastrar y vaciar de sentido lo que pueda contrarrestarla, convirtiéndolo en mera sombra. Espectralizándolo, pues.

En toda honestidad, para terminar con la divagación filosófica y volver a nuestro terreno, siempre fuí más de Diógenes (por el uso que hacía de su linterna) que del amigo Platón. Ambos abordan la misma problemática, en los mismos tiempos históricos: cómo buscar la felicidad cuando el mundo en el que vivimos no la proporciona. Platón responde con el conocimiento del Bien a través de la razón, blindando la felicidad dentro de la Moral. Diógenes retira de sí mismo todo lo que pueda comprometer su libertad de pensamiento y de acción cuando el sistema ha convertido la vida en algo artificial, falso y alienado y plantea volver a la animalidad, desnuda y desencarnada.

Contrarresta el idealismo platónico, que se hace arma del poder político, a través de la autosuficiencia y el regreso a la animalidad como herramientas para alcanzar la felicidad.

Escribo sobre fantasmas y sin darme cuenta, me reencuentro pues con lo que definí en su día como “la animalidad en el Bar”. Me explico sin extenderme: es en el marco Bar/Restaurante, donde actuamos y pensamos más por impulso que por hábito, siempre y cuando nos encontremos inmersos en una atmósfera de libertad.

Cierro proclamando un pensamiento y una práctica vital libre; que debe ser libre, precisamente por ser feliz, libre por ser colectiva, libre por estar comandada y dirigida por gente en plenitud vital; ahí donde quedéis, aunque a veces estéis presentados en formato de espíritu errante o de fantasmas de golosina.

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