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Cómo la ropa de trabajo influye en la experiencia del cliente

por | Ene 3, 2026

En hostelería no existen los detalles menores. El color del mantel, la textura de la vajilla, la música de fondo… y sí, también la ropa que viste quien te sirve la mesa. El uniforme, a menudo relegado al terreno de la funcionalidad, está ganando su lugar como una herramienta de neurogastronomía aplicada: un puente entre la percepción subconsciente del cliente y la experiencia emocional del restaurante.

Y empresas como Bastida for Work, la firma barcelonesa que viste a equipos de Gofio, Charrúa, Formaje o Marqués de Murrieta, lo están demostrando: un uniforme no solo cubre, también comunica.

El cerebro también se sienta a la mesa

La neurociencia lleva años advirtiéndolo: los colores y texturas activan zonas del cerebro que influyen en cómo percibimos un espacio, un plato o incluso a las personas que nos atienden. Eva Ballarín, experta en estrategia y neurogastronomía, explica que “el cliente no solo come con la boca; activa los cinco sentidos en cada interacción con el restaurante”.

Así, el uniforme del personal actúa como un estímulo visual y emocional que condiciona el tono del servicio.

  • El rojo estimula el apetito y la energía.
  • El azul transmite confianza y serenidad.
  • El verde evoca equilibrio y salud.
  • El negro, sofisticación y autoridad.

El cerebro lo procesa antes de que el comensal abra la carta. Un estudio de la Universidad de Granada, citado por Ballarín, demuestra que la percepción de un plato —su “apetitosidad”— depende de áreas cerebrales vinculadas a la emoción. El uniforme, como parte de la puesta en escena, contribuye a esa emoción silenciosa que convierte una comida en una experiencia.

De ahí que un uniforme coherente y bien diseñado sea mucho más que una prenda: activa la sensación de confianza en el cliente, identifica al equipo y transmite orden. Según el Hospitality Research Journal, los clientes valoran mejor el servicio cuando el personal viste de forma uniforme y acorde con el ambiente.

La psicología del color aplicada a la restauración amplifica ese efecto: los tonos neutros (blanco, gris, negro) proyectan profesionalidad; los cálidos invitan a la cercanía; los fríos transmiten calma. No es estética, es coherencia sensorial.

Por eso, en un restaurante de playa funcionan los tejidos ligeros y colores claros que alivian el calor y refuerzan la sensación de frescura. En un bistrot urbano, los tonos oscuros o terrosos acompañan la intimidad del espacio. En ambos casos, el uniforme no solo viste al empleado: conecta su actitud con la promesa de marca y con la experiencia que el cliente se lleva puesta.

La nueva elegancia laboral: el caso Bastida for Work

En una esquina industrial de Terrassa, Marta M. Soldevilla y Nagore Vitallé han decidido reinventar el concepto de “ropa de trabajo”. Su marca, Bastida for Workandamio, en catalán—, ha llevado el diseño de uniformes al territorio del branding sensorial.

“No queríamos hacer ropa para disimular, sino para representar”, explica Vitallé. “El uniforme es parte de la identidad de marca. Si el trabajador se siente cómodo, se comporta mejor, y el cliente lo percibe”.

Sus prendas, confeccionadas con algodón orgánico y tejidos reciclados, combinan funcionalidad con estética. “En hostelería lo barato sale caro: una camisa mala dura un telediario. La sostenibilidad no es cosmética, es sentido común operativo”, señala Soldevilla.

Marta Soldevilla y Nagore Vitallé, fundadoras de B<stida for Work

Bastida diseña con mentalidad de moda, pero con alma de negocio. Cada uniforme se adapta al espacio, al tipo de servicio y al público objetivo: tonos cálidos para locales de proximidad; azules o grises para ambientes más técnicos; materiales ligeros para zonas de calor; lanas para cámaras frías o servicio en bodega.

Entre sus clientes se cuentan restaurantes de autor, obradores, hoteles boutique y hasta el Museo Thyssen, que confió en la firma para vestir a su equipo.

Moda sostenible con propósito gastronómico

En un sector acostumbrado a la rotación de personal y a la obsolescencia textil, Bastida for Work propone un modelo opuesto al fast fashion: producción local, tejidos duraderos, tallas reales y diseño inclusivo. “Diseñamos desde el cuerpo femenino, sin reproducir patrones masculinos que simplemente se entallan”, explican sus fundadoras a el digital El Mundo.

Además, apuestan por prendas versátiles que pueden llevarse dentro o fuera del trabajo: delantales que parecen chalecos, chaquetillas con cortes de sastrería, camisas que resisten mil lavados sin perder forma. “El uniforme no debe ser una obligación gris, sino un orgullo visible del oficio”, resumen.

De la neurogastronomía al branding operativo

Los uniformes no solo influyen en el cliente: también mejoran el rendimiento y la actitud del equipo. Un trabajador cómodo, identificado con la marca, proyecta seguridad y empatía. En hostelería, esa percepción es tan importante como la comida o la música.

De hecho, el menu engineering o el diseño sensorial de la carta —disciplinas derivadas del neuromarketing gastronómico— ya incluyen el uniforme como variable de coherencia estética. No es casualidad: todo comunica. El uniforme se convierte así en una herramienta de marketing emocional. Un hilo conductor entre lo que el restaurante quiere decir y lo que el cliente realmente percibe.

Como apuntan las fundadoras de Bastida for Work, “vestir bien al equipo es vestir bien la experiencia”. Y en un sector donde la emoción vende más que la lógica, quizá el secreto no esté en cambiar la carta, sino en cambiar la chaqueta.

Elena Carrascosa
Elena Carrascosa

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